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Cuentos - Por Juan Carlos Watson
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Uruguay

 

 

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Oniros
 
CAPITULO I
 
Hacía ya media hora que había llegado de buscar un nuevo empleo y aún no le había llamado por teléfono.
¿Habría salido más temprano de sus clases? ¿Estaría estudiando para el nuevo examen?
Golpes y timbres reiterados le instaron a dirigirse a la puerta.
-¿El señor Perez?... Le preguntaron al unísono las dos personas vestidas con camisas a cuadros y jeans desde el otro lado
de la puerta.
-Un compañero suyo tiene algunos problemas y usted tiene que hacer unas declaraciones...Dijo con una voz muy amable.-¿Nos podrá acompañar?
-Vos cantá como fue todo. Si hablás, podés irte tranquilo hoy a tu casa...
Le comentó en forma intimidatoria el gordito mientras cerraba la puerta lentamente.
Se sentó sobre una larga y sucia tabla colocada sobre unos bloques tambaleantes, tratando de adivinar el motivo por el cual se encontraba en ese lugar.
Estaba solo, se sentía solo...
La puerta desvencijada de madera lucía algunos muy buenos trabajos de tallado que indicaban, que algunas de las personas que habían estado allí, tuvieron todo el tiempo del mundo para aburrirse o enloquecer.
Las paredes despintadas mostraban leyendas escritas con el humo de algún encendedor de gas.
A los pocos minutos de estar contemplando esos garabatos, se abre la puerta dibujándose a contraluz la imagen de un policía que le dice: - Daale.
Vení y cantá toodo...
- Es mejor que digas todo, bebé... Le susurró nuevamente dándole una cachetada "cariñosa" en la mejilla.
En esta nueva habitación se encontraban tres policías y uno de sus compañeros de trabajo que lo miró con una expresión que a las claras indicaba que era la persona que lo había metido en el embrollo.
Si bien el interrogatorio duró muy poco, descubrió el motivo de ese alud de terribles experiencias.
Trató de no ser muy concreto en sus respuestas hasta no tener más claro el panorama o hasta no disponer de un abogado.
Pasó a otra oficina, guiado a empujones, en la cual otra persona reinició el interrogatorio, donde por momentos se mezclaba las preguntas del caso con otras sobre la salud de sus padres o el trabajo de sus amigos.
Luego de unos cuarenta minutos, regresó a la habitación con leyendas de humo en las paredes.
Su vista vagaba por las mugrosas paredes, cuando descubrió la palabra "Oniros" escrita con un objeto punzante. Alguien le había dicho alguna vez de que quería decir "Sueños"...
Veinte o treinta minutos después le esposaron las manos a la espalda y lo arrastraron por un laberinto de habitaciones y pasillos hasta otra sala un poco más grande y limpia.
Allí había cuatro policías con palos en las manos que le obligaron a separar las piernas y escuchar una serie de insultos y preguntas, mientras trataba de mantener el equilibrio.
A pesar del momento tan duro, se dio cuenta de que cuidaban de que no se cayera hacia delante. Esos sujetos tenían muy claro lo que hacían.
De vez en cuando, alguno de ellos golpeaba la palma de su mano ruidosamente con el palo tratando de impresionarlo.
Sentía fuego en el pecho e impotencia. ¿Sabrían sus padres donde se encontraba ahora?
- Así que no querés hablar...Dijo quien parecía ser la persona que tenía más cargo del pequeño grupo. - Llevenlo allá...
Realmente parecía que estaba ya la suerte echada, por lo que solo restaba esperar...
Fue ahora forzado a caminar por un pasillo formado por las rejas de pequeños calabozos que parecían jaulas deshabitadas de dos pisos.
El ultimo empujón lo introdujo en una celda oscura, fría, sin un lugar donde sentarse y con un insoportable olor a orín.
Un pequeño recuadro tapizado de estrellas le indicó que era de noche. Pero...de que día?
Allí estuvo parado durante algunas horas, tratando de elaborar una muy buena declaración para no perjudicar ni al resto de sus compañeros, ni a su familia.
Realmente era difícil...
No podía terminar de creer que lo hubieran involucrado en algo tan sucio por solo intentar ayudar a una persona.
Su espalda fue azotada por un látigo de hielo haciéndole recordar que ahora mas que nunca tenía que cargar sus baterías de "Coraje".
Se trasladó a otro lugar de la celda tratando de encontrar un sitio donde poder sentarse (aunque solo fuera en cuclillas) mientras intentaba aflojarse un poco las esposas.
No era fácil ya que hasta podía haber excrementos en algún rincón que no se veían por la oscuridad reinante dentro del recinto.
Luego de un lago rato le abrieron la pesada puerta metálica y le preguntaron si estaba dispuesto a declarar. - Si, si me llevan a un lugar donde por lo menos pueda abrigarme.
Lo llevaron nuevamente a una de las primeras habitaciones y le reiteraron la pregunta a la que respondió en forma afirmativa.
Un policía se acercó, le quitó las esposas y le condujo a la habitación de las paredes dibujadas con humo. - Acuéstese un rato ahí. Duerma que mañana va a declarar...
Alguien le dio un buzo para que se abrigara, y al preguntar de quien era, le contestaron que el propietario era otra de las personas que estaban para declarar por el mismo caso.
Había dormido un par de horas cuando lo despertaron sorpresivamente informándole que se tenía que trasladar a otra habitación. - Ojo con hablar con las otras personas. Miren que están incomunicados.
Se disponía a rematar la noche (o el día?) durmiendo en la silla de algún oficinista "llena-formularios", cuando una persona le alcanzó comida.
Ahora, más tranquilo y con la panza llena, la cosa cambiaba.
Después de dormir un poco, vino el show con desfile de prostitutas, travestis y algún borracho que indicaba que era la madrugada del sábado.
Llevaba dos días y una noche allí. Y el tour había terminado.
- Ustedes. Síganme...
 
Juan Después

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